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Blas de Lezo

Increíble podcast sobre Blas de Lezo, almirante de la marina española, que gracias a sus innumerables victorias, algunas de ellas contra el imperio británico contra todo pronóstico, se convirtió en una leyenda de los mares. Hoy Juan Antonio Cebrián nos acerca a su vida y hazañas, y nos hace disfrutar de las peripecias de uno de los mejores marinos españoles que hayan existido jamás.

Podcast sobre Blas de Lezo

  • Duración: 27 minutos
  • Tertulianos: Juan Antonio Cebrián
  • Sitios nombrados: Pasajes, Guipúzcoa, Cartagena de Indias, Océano Atlántico, Vélez, Málaga, Barcelona, Lima, Génova, Orán (Ver mapa de ubicaciones más abajo)
  • Personajes: Blas de Lezo, Conde de Toulouse, Pirata berberisco Bai Hassan, Pirata inglés Jenkins, Jorge II, Vernon
  • Época: Siglo XVII, siglo XVIII
  • Conceptos nombrados en el podcast: almirante, buques, guardiamarina, Guerra de la oreja de Jenkins, Tratado de Utrech, Las Indias, Guerra de Sucesión Española, alférez de navío, Sitio de Toulon, Oficial de Marina, patapalo, General del Mar

Libros sobre Blas de Lezo

Mapa de ubicaciones sobre Blas de Lezo

Transcripción del Podcast de Blas de Lezo (para personas con problemas auditivos)

Si hablamos de momentos heroicos para nuestra Armada de guerra, sin duda alguna debemos evocar las hazañas, las gestas, el buen hacer de un almirante magnífico, su nombre Don Blas de Lezo, aquel que nació en Pasajes, en Guipúzcoa, el 3 de febrero de 1689 y que pasó a la inmortalidad gracias a su épica, participó en 22 batallas y expediciones, rindió decenas de buques al enemigo y desde luego, jamás le pudieron decir que se humilló o se arrodilló ante nadie. Blas de Lezo es uno de los protagonistas en nuestros Pasajes de la Historia.

 

En demasiadas ocasiones hemos tenido que asumir numerosas derrotas en el mar, acosados por muchas naciones nuestros buques de guerra no siempre salieron victoriosos, y recordando Trafalgar, ese momento en el que se puso fin a la hegemonía española en el Atlántico, testigo que recogieron los británicos, pues ¿por qué no hablar de Cartagena de Indias? de aquella victoria que permitió el trasiego de nuestras rutas marítimas, de nuestros buques por esas rutas marítimas, durante 60 años más. Eran tiempos muy difíciles, en ese siglo XVIII, España estaba sumida en múltiples conflictos bélicos, la firma poco honrosa del Tratado de Utrech de 1713 nos había privado de las posesiones continentales europeas. Mas aún quedaban, aún restaban las americanas, y algunas plazas se convertían en bastiones neurálgicos para la defensa de ese comercio con las Indias.

 

Cartagena de Indias era sin duda alguna la ciudad principal en el continente americano para los intereses españoles, una ciudad bellísima, espléndidamente fortificada, y que iba a dar buena muestra de su valentía, de su heroísmo, en esta guerra que pasó a la historia como la Guerra de la oreja de Jenkins. Un conflicto extraño, olvidado, soterrado por los cronistas y luego explicaremos porqué. Pero volvamos a la historia de nuestro personaje principal, como decimos el 3 de febrero de 1689 Blas de Lezo veía la luz en este mundo en Pasajes, en Guipúzcoa, y muy pronto sintió la llamada del mar. Los vascos han sido grandes marinos, magníficos marineros que han dado momentos vibrantes, momentos cumbre en la historia de España, y en 1701 Blas de Lezo se embarcó, se enroló como guardiamarina, en la flota dirigida, la flota francesa dirigida por el Conde de Toulouse. Al poco, estallaba con total virulencia, la Guerra de Sucesión Española. Españoles y franceses, se iban a enfrentar a ingleses y holandeses por quién debía asumir el linaje dinástico, por quién debía asumir el trono en España.

 

Estatua de Blas de Lezo en Cartagena de Indias, en reconocimiento a su gesta


Y en 1704 Blas de Lezo, muy joven, tuvo, recibió, su bautismo de fuego. Nos encontramos en Vélez, Málaga. Ahí dos flotas cruzan disparos, entablan combate, es un momento muy muy exigente, hay muertos por doquier, y aquí tenemos el primer apunte heroico de Blas de Lezo. Recibe un balazo de cañón. Esa mortífera bala le amputa, le mal hiere una pierna. Los médicos tienen que terminar el trabajo, de seccionar el miembro, y sin anestesia lo hacen, lo realizan. Blas, que apenas tiene 15 años, pues ve cómo su pierna se pierde definitivamente, no profirió un sólo lamento. La audacia, la valentía, el heroísmo demostrado en aquella acción le supuso su primer ascenso, desde entonces alférez de navío.

 

Entre los integrantes de las flotas francesa y española se habla ya de aquella acción, aislada, insólita, frecuente, frecuente por otra parte, en las acciones guerreras de la época, pero el ardor combativo de aquel joven llamó la atención de sus oficiales, y por eso a edad tan temprana fue elevado a la categoría de alférez de navío. Por desgracia no sería la única herida recibida por Blas, que lejos de separarse del servicio, siguió, siguió luchando, siguió guerreando al servicio de su país. Más tarde, en el Sitio de Toulon, una metralla, la esquirla de un proyectil, hizo, provocó el estallido del globo ocular izquierdo, fue tremendo, dicen que el dolor fue como una aguja que se clavó, que se incrustó en su cráneo, pero el muchacho volvió a aguantar el dolor, por la exigencia del momento. Todos permanecieron asombrados, había perdido su pierna, perdía el globo ocular, y aún y así y no quería jubilarse anticipadamente, quería seguir luchando, quería seguir aprendiendo las artes marineras. Finalmente, en el año 1714, se produjo el segundo asedio de Barcelona, y en esta ocasión una bala de mosquete inutilizó uno de sus brazos. Como os podéis figurar, la situación física de Blas de Lezo era más que lamentable, había perdido la pierna, había perdido el ojo izquierdo, había perdido uno de sus brazos, y seguía, seguía en activo, seguía luchando, seguía combatiendo, ya era Oficial de la Marina Española.

 

Desde entonces acumuló sobrenombres, empezó a coleccionar apelativos, sus hombres que confiaban ciegamente en él, le llamaron de todo, siempre cariñosamente, siempre con respeto, pero bueno, fue el tiempo en el que le bautizaron como patapalo o medio hombre. Así le llamaron durante toda su vida. Él lo soportó de forma estoica, aunque dicen que no le gustaba mucho cuando le decían Almirante Patapalo, o el Capitán Medio Hombre. La verdad es que hombre de cuerpo entero, hombre de mente entera, fue Blas de Lezo durante toda su vida, durante toda su actividad militar.

 

En 1723 le encargan una difícil misión, limpiar de piratas y corsarios las costas del Pacífico, una tarea que Blas de Lezo va a asumir, y va a responder con eficacia extrema. Sus buques de guerra se enfrentan con absoluta determinación, a la tarea de limpiar de filibusteros aquellas costas que estaban hostigando, aquellos barcos que hostigaban las latitudes peruanas. Blas de Lezo comienza a gestar una leyenda de invencible, los piratas huyen cuando son conocedores de la presencia de Blas de Lezo y de sus buques. En aquel tiempo, por cierto, se enamora y se casa en 1725 en Lima. La mujer sufrida pues tendría que aguantar las penalidades, todas las incertidumbres provocada por el trabajo tremendo de su esposo. Pero aún y así tuvo tiempo Don Blas para ciertos placeres, para gozar de ciertas inquietudes, la verdad es que era un hombre de buena presencia, de excelente presencia, a pesar de las mellas que iban acunándose en su faz, en su cuerpo, en sus miembros, pero lo soportaba, soportaba con tranquilidad pasmosa tanta herida, tanta rasgadura de sable, tanta esquirla de metralla, tanta bala.

Representación de batalla naval de Blas de Lezo
En 1730 Blas de Lezo regresa a España convertido en General del Mar. Y aquí le encargan otra de esas tareas curiosas, raras, difíciles de asumir para cualquiera, a no ser que éste fuera Blas de Lezo. Le encargan nada más y nada menos que dirija seis buques de guerra hacia Génova. Allí, en uno de sus bancos se encontraban depositados dos millones de pesos, eso era una auténtica fortuna para la época, y eran dos millones de pesos pertenecientes a la Corona Española, pero que habían quedado confiscados por diversos avatares en la República Genovesa. Blas de Lezo tiene que ir a Génova a recuperar esos dos millones, y se planta con sus seis navíos de guerra ante la ciudad genovesa. Blas, poco diplomático, contundente en el trato, siempre rotundo, increpa a los genoveses, les amenaza, y le conmina a devolver los dos millones de pesos so pena de ser cañoneados desde el mar. Los genoveses, más diplomáticos que Don Blas, ceden a entregar esa fortuna, los dos millones son depositados en los buques españoles, y por si fuera poco Don Blas exige que se rinda homenaje, que se rinda honor a la bandera española desde la ciudad, y los genoveses vuelven a ceder. Uno de esos episodios que luego se olvidan, que son muy determinantes a la hora de explicar una biografía tan interesante como la de Don Blas de Lezo. Así que por los dos millones de pesos, Blas de Lezo regresa a España. Dos años más tarde, en 1732, se prepara una expedición punitiva para reconquistar la perdida ciudad de Orán, en la costa norteafricana, los piratas berberiscos de Bai Hassan se encuentran acantonados en Orán. La flotilla dirigida por Blas de Lezo, consigue dar golpes certeros que aseguren retomar la plaza, la perdida plaza de Orán. Hassan escapa con su nave capitana hacia un refugio seguro, un puerto natural protegido por diversos castilletes artillados hasta la copa. Blas de Lezo quiere hundir la nave capitana de Bai Hassan. Sus seis barcos se preparan para entrar en ese puerto, en esa trampa, en esa ratonera. Los piratas enfilan sus cañones hacia la tropa española, pero Blas de Lezo, ignorando el peligro, ordena incursionar en ese puerto, a sangre y fuego los españoles entran en esa protección natural, hunden la nave capitana de los piratas berberiscos y dejan la zona absolutamente desolada, los castilletes derruidos, en ese momento los artilleros españoles se cubren de gloria porque consiguen con certeros disparos derribar las defensas enemigas, es un gran éxito que recorre todo el país. Blas de Lezo ya tiene aureola de invencible, enorme lobo de mar, no teme al peligro, no teme a la batalla, no teme al enemigo por fuerte que este sea.

 

En 1737 es nombrado Comandante General de Cartagena de Indias. Deberá dirigir las defensas de la ciudad ante cualquier amenaza externa. Y esta se iba a producir en 1739, cuando estalló eso que habíamos comentado, la Guerra de la oreja de Jenkins. ¿Por qué se llama así esta guerra?. Muy sencillo, en las costas de Florida operaba un pirata, un corsario llamado Robert Jenkins, que fue interceptado por un guardacostas capitaneado por el oficial Juan de León. Juan de León permitió seguir con vida al pirata, pero eso sí, le amputó una oreja, y tras amputar la oreja le dijo “regresa a tu país y dile a tu rey que como ose acercarse a estas latitudes haré lo mismo con el”. Esto fue considerado una afrenta en el Parlamento Británico y después de saber esa historia los ingleses declararon la guerra a España. Una oreja, la extensión de una oreja, provocó una guerra. En realidad el trasfondo del asunto era bien distinto, Inglaterra deseaba asumir el control de los mares, de los mares atlánticos, y necesitaba una excusa oficial para lanzarse a la guerra, arrebatando a España sus mejores posesiones americanas. Y a tal fin se preparó una magnífica flota, la más vista jamás vista desde los tiempo de la Invencible, aquella que Felipe II lanzó de forma tan fatídica contra las costas británicas en el verano de 1588. Los ingleses abastecieron, pertrecharon una flota de 186 navíos, entre buques de guerra y de transporte. Era una mole de madera, que avanzaba de forma inexorable sobre Cartagena de Indias, el gran objetivo de los ingleses, querían tomar al asalto Cartagena de Indias, y con ello asumir el control de toda aquella zona estratégica hasta la saciedad para el comercio, para el tráfico comercial.

 

En la flota, en aquellos 186 navíos de guerra se situaban 10.000 tropas de asalto, 12.600 marinos, y 1.000 macheteros negros jamaicanos; estos macheteros eran utilizados como vanguardia, casi casi como carne de cañón para las batallas, pero una inmensa tropa, entre esas tropas por cierto estaba el hermanastro de George Washington, el futuro presidente norteamericano. Pues el hermanastro de Washington asumía un cuerpo de milicianos, llegados de las colonias de Inglaterra en norteamérica, y que también iban a participar en la lucha, en la toma de Cartagena de Indias. Como véis, una formación guerrera formidable, casi 25.000 efectivos que se iban a enfrentar ¿a qué?… Hay que decir también que estos casi 25.000 efectivos contaban con el apoyo de más de 2.600 piezas artilleras, que iban a operar desde los buques. Parecía que nadie podría enfrentarse a esta formación, a este peligro, a este ejército, hombres muy avezados, los mejores artilleros del momento, los ingleses, y tropas de asalto muy determinadas a la victoria. Pues bien, pues frente a esto Blas de Lezo hizo recuento de sus posibilidades. Desde luego, las fortalezas que protegían Cartagena de Indias eran magníficas. Tenía tan sólo seis buques para apoyar esas defensas, y en cuanto a los defensores de Cartagena debemos decir que tan sólo había unos 2.300 soldados del ejército regular español, y para su refuerzo, para su apoyo sólo se pudo contar con la aportación, muy estimable eso sí, de 600 arqueros indios traídos desde el interior. Por tanto, ni siquiera tenía 3.000 hombres para asegurar que Cartagena de Indias pudiera seguir siendo española en los próximos años. Pero con todo, Blas de Lezo optó por la resistencia a ultranza. Cartagena de Indias no se iba a rendir.

 

Nos encontramos en el año 1741, el año de la gran batalla. Los buques británicos han enfilado proa hacia Cartagena de Indias, ya divisan las murallas, ya divisan los castillos de protección. Blas de Lezo no tenía ni siquiera 1.000 piezas de artillería, pero las dispuso estratégicamente por la zona; desmontó cañones de sus buques y los situó en lugares clave, entrenó concienzudamente a sus artilleros, sabía que contaba con muy poco, con escasos recursos, pero aún y así pretendía aguantar la situación. Finalmente el almirante Vernon, era el jefe de la escuadra británica, ordenó las maniobras oportunas para que los barcos ingleses situaran sus flancos frente a las defensas de Cartagena. A su orden se inició el cañoneo. Cartagena de Indias fue severamente castigada, gravemente bombardeada. Los días se iban sucediendo, las defensas soportaban con valor todo lo que se le estaba viniendo encima. Vernon calculó que en tan sólo unos días Cartagena de Indias capitularía, era imposible pensar que tan pocos pudieran resistir la fuerza, el poder de tantos. Pero Blas de Lezo ordenó que no se diera un sólo paso atrás. Los seis barcos españoles que protegían la ciudad fueron hundidos por los propios españoles para evitar el trasiego de navíos enemigos por la bocana del puerto, y así iban pasando las jornadas, nada menos que 67 días de cañoneo británico, 67 días…¿os podéis figurar esta situación? cañoneo a todas horas, durante la mañana, durante la tarde, la noche, pesadillas infernales para los defensores de Cartagena, que tenían que soportar una y otra vez la llegada de más y más proyectiles. Pero las defensas, a pesar de haber sido muy hostigadas, no terminaban de resquebrajarse. La moral de los españoles parecía intacta, no había bandera blanca. 67 días… Finalmente Vernon, desesperado, ordenó a las tropas desembarcar. Se tomaría la ciudad al asalto, al asalto de la infantería, esa sería la situación clave, el momento decisivo.

 

Los macheteros jamaicanos, los hombres de las milicias norteamericanas, los soldados de asalto británicos, más de 10.000 hombres desembarcaron, y se encontraron ante trincheras, bastiones, sitios inexpugnables, los mosquetes españoles respondieron con suma eficacia todas las ofensivas británicas. Las bajas inglesas empezaron a contarse por cientos, los españoles no retrocedían, los británicos en cambio veían menguadas sus tropas ya no sólo por el disparo, por la defensa de los españoles, sino por las enfermedades, las enfermedades se cebaron en ellos, estaban menos acostumbrados que los españoles a las enfermedades de aquellas latitudes. Fueron combates muy exigentes, se derramó muchísima sangre. Entre los españoles las bajas empezaron a hacerse notar, ¿podrían soportarlo más?, ¿podrían aguantar la situación una semana más?, ¿un día más? Al fin, los escenarios macabros dieron paso al sentido común. Vernon asumió que le era absolutamente imposible tomar aquella fortaleza, había sufrido los estragos no sólo de la enfermedad, sino de los disparos españoles y del infortunio. La situación era tan crítica que muchos navíos británicos tuvieron que ser abandonados o hundidos por sus propios tripulantes porque no había gente suficiente para gobernarlos. Fue un auténtico horror para los ingleses. El ejército inglés quedó absolutamente menoscabado, quedó humillado, las pérdidas eran atroces.


Habían pasado muchos días, 67 días, y las noticias habían circulado incluso en aquellos tiempos de escasa fluidez comunicativa, y algunas informaciones erróneas habían llegado a Londres. En dichas informaciones, se aseguraba que la victoria en Cartagena de Indias se había consumado. El rey Jorge II ordenó incluso que se elaboraran medallas conmemorativas sobre aquella victoria en las que se mostraba a un Blas de Lezo, entero por cierto, con brazo, ojo, y pierna…debe ser que le conocían poco, pero se representaba al Capitán, al General Español arrodillado ante Vernon. La confusión llegó a tal punto que hubo celebraciones, fiestas, se lo pasaron bien durante unos días, hasta que la cruda realidad apagó esas risas. Cuando llegó la verdadera noticia, sobre la humillante derrota de los ingleses frente a Cartagena de Indias todo el país enmudeció, y el primero que lo hizo fue Jorge II, quien ordenó a sus historiadores, a sus cronistas que no se escribiera nada, absolutamente nada sobre aquel vergonzoso capítulo para las armas inglesas.

 

Y como ya sabéis, los historiadores ingleses son hegemónicos en nuestra civilización, lo que ellos cuentan, lo que ellos escriben, va a misa, y como no escribieron nada sobre Cartagena de Indias pues esa historia quedó injustamente soterrada para los tiempos. Pero en España sí que se supo, y en España sí que se habló, y se mofaron a costa de los ingleses, cuando supieron sobre todo que habían elaborado monedas, medallas, que habían tenido fiestas, que se lo habían pasado muy bien, todo ello basado en una mentira. Vernon humillado regresó a Inglaterra, y la verdad es que sus años siguientes no fueron muy agradables, más bien recibió el reproche de sus coetáneos, de sus conciudadanos. Había sido demasiado eufórico, había advertido que la victoria era inminente, el mismo creyó en esa victoria, lo que no pudo contar fue con la resistencia obstinada de Blas de Lezo y sus hombres.
Como digo, una gran victoria para España, que aseguró el comercio con las Indias 60 años más, 60 años en los que el imperio español pudo seguir enarbolando una bandera en una  inmensidad de millones de kilómetros cuadrados. Como sabemos, todo, la tragedia, comenzó a prepararse tras la Batalla de Trafalgar, en la que la flota franco-española sucumbió ante la eficacia extrema, ante la lucidez mental de Horacio Nelson, pero nadie quita a las armas españolas, a las maltrechas armas españolas, que en aquel año de 1741 se produjo un gran momento decisivo, una gran victoria, y esa victoria la protagonizó, la encarnó Don Blas de Lezo, quien quedó muy mal herido en estos combates de Cartagena de Indias, tal mal herido que falleció cinco meses más tarde, víctima de esas heridas. Y lo lamentable, nadie sabe hoy en día dónde fue enterrado, no se le pudo rendir el homenaje que él hubiese merecido, se le concedió a título póstumo el marquesado de Ovieco, y después muchos navíos españoles llevaron su nombre. Hoy en día, una fragata del tipo F-100 lleva ese nombre, Blas de Lezo, y curiosamente fue la que participó en las celebraciones sobre la victoria de Trafalgar efectuadas por los ingleses. Paradojas del destino, aquel que les humilló finalmente fue con su nombre en una fragata a Londres para participar en la fiesta conmemorativa de Trafalgar. Don Blas de Lezo, un lobo de mar, un Almirante que concedió a España grandes momentos de gloria. Ha sido protagonista de nuestros Pasajes de la Historia.

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